Días largos, como el calor o la derrota. Días en los que la pintura verde caía a chorretones por nuestras paredes y yo caminaba despacio, por empedrados nuevos que aun no están cansados de verme. Recuerdos terribles de otras paredes, paredes antiguas, paredes azules, manchurrones de pintura por el suelo. Recuerdos terribles de soledad y amargura. Hoy, sólo recuerdos.
lunes, 29 de octubre de 2012
Páginas en blanco
Fue aquel un año en el que arranqué de mi álbum las fotos de los momentos de los que quise olvidarme. Fue aquel un año de dejar de quereros a todos, de no llegarme el tiempo para olvidaros. Fue aquel un año de recuerdos confusos y heridas cicatrizando. Fue aquel un año que dejó tras de si muchas páginas rasgadas, muchas páginas en blanco.
El frío de la calle
El frío de la calle es el dolor que el mundo quiere infringirme, por dejar de querer o por haber querido. El frío de la calle es el azul de la tristeza del iris, de los ojos que me juzgan, y el sufrimiento en cada exhalación, en cada movimiento. El frío de la calle es un recuerdo confuso. El frío de la calle ya ni es frío, ya ni nombre tiene.
El calor de mi hogar
El calor de mi hogar es invisible a los ojos, manuscrito en poemas de noches de noviembre, que duermen en un rincón privilegiado en mis estanterías. El calor de mi hogar es la navidad en verano, los vaqueros en la estufa, el olor a café y a discos de segunda mano. El calor de mi hogar es el quiero, luego puedo, luego tengo. El calor de mi hogar es franela. El calor de mi hogar es presente. El calor de mi hogar es tu vida.
Días
Días en los que brillaba la vida. En los que el sudor nos corría a chorros desde la frente, empapando tu camiseta gris, y yo paseándome en pantalones cortos. Días de calles estrechas y empinadas, de barriadas infinitas. Días de cañas y carcajadas, días de comidas saladas. Días de verano para este fin de otoño. Días en los que brillaba la vida.
viernes, 26 de octubre de 2012
Seiscientas millas
En la maleta, algo de ropa y un secador. Seiscientas millas abajo y seiscientas millas arriba, y como banda sonora, los Rolling Stones. Sol, y a remojo los pies en La Caleta. La vida exprimida cada segundo, nosotros sin aliento. En las paredes desvencijadas, rezaba la tinta negra, que la libertad se agita en las entrañas del tiempo.
sábado, 20 de octubre de 2012
Faltándome vida
Pensé que si me liberaba del yugo
adictivo del que me sentía esclava, desaparecerían a partes iguales la angustia
y la desidia. Pensé que si respiraba hondo y me mantenía firme volverían a mi
la vitalidad y la esperanza.
Pero sigue doliéndome el estómago. Sigo aburrida y cansada. Sigue faltándome vida.
Pero sigue doliéndome el estómago. Sigo aburrida y cansada. Sigue faltándome vida.
jueves, 18 de octubre de 2012
El suicido de Virginia
Hay una universidad médica en Estocolmo, dicen que de las mejores del mundo, en la que científicos han relacionado en un estudio lo peor, con lo mejor de nosotros mismos.
He estado leyendo acerca del suicido de Virginia. Ojeando su nota de despedida. Repite las cosas que tú mismo repites. Me recuerdan palabras por tu boca dichas. Pienso que si te despidieses de mi, sería, seguramente, con frases parecidas.
Así que me siento y escribo, dibujo, garabateo, coloreo, vectorizo y compongo. Pienso fuera de la caja, que la dopamina haga en mi cerebro lo que quiera. Me siento y me pierdo en mi extraña manera de canalizar mi vida. Quizá sea ésta mi enfermedad y no otra. Quizás sea mi virtud la peor de mis manías.
Las fiestas a las que ya no me invitan
La echo de menos por muchas razones, pero más que a ella, echo de menos la forma en que la quería. Era extravagante, inquieta y volátil. A veces hablaba o se comportaba como una niña. Sin embargo, su historia la dibujaba como mucho más madura de lo que aparentaba.
Desgastábamos el empedrado de la ciudad en zapatillas. Escribíamos con tiza en las paredes. Bebíamos licor café viendo películas antiguas. Recuerdo haberme reído como nunca en mi vida. Y aunque a ratos fui feliz, no fue mi mejor momento. En realidad, fue la peor de las peores épocas enterradas, peor incluso que los insultos y el acoso de la infancia; peor que el confinamiento adolescente, peor que la cárcel de hormigón, pladur y sangre.
La echo de menos, pero no porque la quisiese, que la quería. La echo de menos porque yo también soy extravagante, inquieta y volátil. Su locura, su ingenuidad y su torpeza eran iguales que las mías. Nunca me cansaba de ella.
Y aún así, la dejé escaparse. Yo ya no soy de esas personas que contestan al teléfono, o escriben cartas, o felicitan cumpleaños. Soy de esas personas que atesoran recuerdos. Que coleccionan amistades en baúles, a las que ya no les gusta salir tras la medianoche. Ahora soy uno de esos ermitaños, que prefieren los gatos a la gente.
La abracé con fuerza al verla este año, sin esperármelo, en un concierto en el que cantaron wish you were here. Y la quise como la quería, como si el tiempo o la distancia nunca hubiesen existido. Como quiero a todas las personas que he ido dejando ancladas en el olvido, alejadas de la cotidianeidad de los días. Como quiero a todas esas personas que siguen asistiendo a las fiestas a las que ya no me invitan.
Los coletazos de la presa casi muerta
Es difícil no odiar el giro constante del mundo, cuando se vuelve y se revuelve para sacarme la lengua y burlarse de las cosas que, no hace tanto, aún hoy en pesadillas, consideré importantes. Es difícil no odiar los coletazos de la presa que casi muerta, se resiste a su destino. No es fácil olvidarse de todo, evadirse de las cicatrices, hacer como que los nombres no importan. Es difícil no odiarlo todo, no querer escupirles. Se me hace difícil, en los días de otoño, no recordar el frío que hemos pasado, y querer matarles a todos.
Mala suerte
Solo ha sido mala suerte, me repito en un soniquete constante a fin de tranquilizarme. No pasa nada, gata, respira. Solo ha sido mala suerte.
Entropía
El cálculo cuantitativo de mis espirales en repetición tiene un nombre que se me antoja precioso. No puede hallarse su valor en un punto concreto, pero Ana, que hoy traía un vestido de flores a juego con su rostro sereno de mujer madura, dice que es integrable, de tal forma que, estableciendo un punto en el que mi desorden sea cero, puedo calcular su valor exacto en el instante que yo decida.
El cálculo cuantitativo de mi tendencia al caos me tiene absorta y ocupada estos días.
Violeta, naranja, azul marino
Soy hoy, mediado el otoño, un jardín violeta, naranja, azul marino. Intranquila, inquieta, con mis hojas desprendiéndose cadenciosas al compás del fuerte viento que mece las horas que se escurren tan rápidas que no puedo sujetarlas con firmeza.
Soy hoy una arruga nueva, un pliegue reciente recién descubierto. Soy cada día de mi vida, de este otoño que concluye, el juego de aliteración, repetición y paronomasia desgastada y perversa. Soy cada día la misma, y cada día diferente, soy hoy un jardín violeta, naranja, azul marino, soy mi anáfora eterna, mi eterna epífora. Soy siempre la misma, pero cada día mayor, cada segundo que pasa, una nueva repetición, superpuesta, cada segundo que pasa, un poquito más vieja.
El naufrago errante
Te imagino como una sombra despeinada sentada frente al mar, en una mano la copa y en la otra el bolígrafo. Ante tus ojos, los ojos del horizonte de una bahía nicaragüense.
Te imagino deshaciéndote en un cuaderno de anotaciones desordenadas, de letras pequeñitas y frases apelotonadas. Te imagino sentado discreto, te imagino rodeado de un aura vibrante. Imagino tu mirada clavada en el devenir sempiterno de un mar en calma, garabateando versos, narrando con tu vida las vidas de todos los que no vivimos en tus huesos.
Te imagino etéreo, mágico, brillante, lúcido, extraordinario. Aunque tu cuerpo flaco y tu mirada huidiza no te dibujen sino como terrenal, cotidiano, ordinario, normal y corriente.
Aunque no seas divino, sino humano. Aunque tus manos sean huesudas, como las mías. Aunque tu yo verdadero no sea más que un verso de los ojos de gata que cantaban los secretos. Aunque seas vulgar en el orden natural de los días, eres el encantamiento de la metáfora perfecta. Y en tus metáforas me pierdo, mientras tropiezo constante contra tu vano correr tras lo imposible. Mientras se me clavan en el alma todos tus anzuelos, alcanzas para mi el grado de deidad infinita.
martes, 9 de octubre de 2012
Escribir mentiras
Se había hecho ya de noche y yo seguía sin conciliar el sueño. Era una circunstancia en la que me encontraba a menudo. Recorté algunos versos de ésos que amontono sueltos, y bebí manzanilla, tratando de aplacar al monstruo del estómago. Como tantas otras, también aquella noche, me senté a reciclar poesía, me senté a escribir mentiras.
En todas mis aristas
En todas mis aristas me corto, y tengo miles. Me rasguño al resbalarme, y me destrozo los nudillos recogiendo los cascotes. En todas mis aristas desvío mi trayecto y tomo caminos con frecuencia incorrectos.
No es mi mejor vida
No es mi mejor momento. No es mi mejor día. No es mi mejor época. No es mi mejor vida.
lunes, 8 de octubre de 2012
El blanco interno
Paseo silenciosa por las bibliotecas. Los colores me hacen guiños, y me voy deslizando entre ellos, mientras se camuflan unos con otros, formando degradados que tienen sentido en su conjunto, sintiéndome vacía al separar a uno de los colores del resto, y ver que bajo otra luz no parece suficiente.
Paseo ahora clavando los tacones de aguja por los pasillos silenciosos. Grito algunas palabras. De las estanterías se escapan ilustraciones. No me gusta cómo dibujan mis pensamientos ninguno de todos estos tipos de letra. Me sobran y me faltan astas y brazos. Los ojales se me quedan pequeños y me asfixian. Me corto las orejas, deformo los anillos y los remates. El blanco interno se me antoja infinito.
La navidad orquestada
La navidad era un estado de ánimo que se forjaba en las películas que hacíamos proyectarse sobre las paredes iluminadas con bombillas de colores. Su duración era prolongada, de mayo a octubre, de abril a septiembre. Se desteñía nuestra navidad orquestada sobre los meses que pintábamos con ella, convirtiendo nuestro refugio en un sentimiento de fondo que persistía, pese al resto de sucesos que acontecían, férreo en el tiempo.
Sanatorio, mortuorio, cautiverio
Yo llevaba un pijama blanco que me quedaba grande en tallaje y en competencias. La madre había muerto y mientras el personal cubría el cuerpo con una sábana blanca, y desbloqueaba los frenos de la camilla, la hija buscó consuelo en los ojos de todos los presentes.
Me clavó la mirada y yo, al segundo, la clavé en el suelo. Los ojos se me inundaron de lágrimas. Tuve que escaparme de allí, esconderme muy lejos. La muerte era una constante presente en cada movimiento, convirtiéndose en una rutina que me quemaba por dentro.
La bata azul de felpa
Era un edificio antiguo, rodeado por un bosque. Recuerdo las mañanas de invierno, demasiado temprano, demasiado frío, mi cara triste contra la ventana del autobús, intentando adivinar lo que me depararían las cuatro horas siguientes, mientras la silueta de la fachada se adivinaba entre la niebla.
Recuerdo un solo nombre, el de la señora Francisca, y el color azul eléctrico de su bata de felpa. La podías encontrar a primera hora sentada en el banco del vestíbulo, o postrada, con la mañana avanzada, frente a la ventana del tercero, desde donde observaba las camillas cubiertas con sábanas blancas, que transportaban los cadáveres del día a día hacia el crematorio.
Han pasado muchos años. Supongo que la señora Francisca, como aquellos otros de los que ella llevaba diariamente la cuenta, también habrá muerto.
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