sábado, 9 de julio de 2011

Olvidar

Esta mañana me levanté con la decisión tomada la noche anterior palpitando inquieta en mis sienes.

Entre vueltas y más vueltas deshaciendo las sábanas, había concluído olvidarte.

Así que me levanté, me puse las zapatillas y abrí el primer cajón del escritorio.

Allí, observándome atenta desde su letargo, la goma de borrar me hizo un guiño caprichoso.

La mecí entre los dedos de camino al dormitorio, dilatando los segundos que preceden al instante preciso en el que borrarte de mi historia.

Me escapo

Con esos ojos inquisidores y las palabras escogidas con esmero para tratar de conmoverme, dices que vuelvo a las andadas. Mientras me llamas cobarde, me acusas de volver a escaparme.

Y comienza la retahíla. Repites una y otra vez en el mismo orden y en orden inverso todos mis defectos, todas las quejas y los despropósitos de los que se me acusa. Y vuelves a llamarme cobarde.

Deberías saber que no huyo. Simplemente me puede el hastío y me escapo por los tejados.

La casa

Truena y parece que la tempestad se desata sólo encima de mi cabeza. Llueve sobre mi esqueleto y me empapo al instante, para tiritar en un baile que sé intermitente pero constante. Interminable.

Las lágrimas van comiéndose ávidas las mejillas y grito, y me asfixio y muero de nuevo. La casa se cae encima de mi cabeza.

Abro la puerta y salgo a la calle. Un tímido sol de Marzo me acoge cálido y, al comenzar su paseo las zapatillas por la acera, comienza a calentarme los huesos que el temporal de la casa pretendió convertir en hielo un segundo antes.

Con la cabeza bajo la manta

Se que no puedes verme, y aún así, escondo la cabeza bajo la manta. El teléfono en la mesilla repite estridente su melodía. Eres inagotable. En silencio, mientras poco a poco me asfixio escondida en mi fortín inventado de sábanas de franela, susurro muy bajito: por favor, por favor, que deje de sonar; mientras quieta, como si te creyese oliéndome, como si supieses intuirme, pudieses adivinar que estoy aquí, ridícula, en silencio, con la cabeza enterrada bajo las entrañas de las tierra.

De pie bajo la lluvia

Es como quedarse de pie, paralizada, mientras la lluvia comienza por rozarme tímida, para acabar estallando sobre mi cabeza.

Es como saber que estoy ahí, de pie en medio de la calle, con la lluvia resbalando a sus anchas por el pelo, por las mejillas, por la chaqueta, empapando mis zapatillas siempre desgastadas.

Es como ver que estoy ahí quieta, bajo la tormenta, sin moverme. Sé que me mojo, que tengo que reaccionar, correr, ¡ya!, a cobijarme en los soportales. Pero pese a saberlo sigo ahí, de pie, quieta bajo la tormenta, sin moverme, mientras la lluvia campa a sus anchas empapando mi pelo, las mejillas y la chaqueta, y mis eternas zapatillas desgastadas.

Se abre la puerta y entras. Y es así como me siento. Como si estuviese paralizada librándose sobre mi una tormenta.

8:30 am

Al principio siempre hay un segundo para la pena. La puerta se cierra a mi espalda y la siento llorar porque me voy otra vez. Maulla bajito, en señal de protesta.

El frio me abofetea gratamente cuando cruzo la frontera del portal y la música explota, como cada mañana, en el umbral de mis tímpanos, envolviéndome en mi supernova matinal. Estridente. Atómica.

Al cruzar el puente sonrío, con la nariz congelada y el ansia de café apremiante, porque la veo mirarme, encaramada en la ventana. La saludo agitando la mano y la quiero con locura.

Y al recorrer mi sendero de cemento fundido para llegar a la octava casilla en la que ser reina, bailo con los charcos del camino, y la música se dibuja en el aire, curiosa, escapándoseme de entre los labios en forma de vaho.

Café

La leche, casi en ebullición, dibuja nubes de vapor, risueña, que huelen a la combinación con el azúcar y el café. Dulce pero amargo. Las terminaciones nerviosas de las yemas de los dedos se exaltan al contacto con la cerámica caliente. Lentamente, comienza a desentumecérseme el cuerpo comenzando por las manos. Como si volviese a nacer desde la oscuridad de un profundo sueño, despierto.

Y a la derecha, los cristales lloran incansables sus lágrimas de lluvia.

Llueve

Llueve. No importa que sean los charcos de la Avenida de Galicia, de las Fontiñas o de la carretera de la Gándara. No son los charcos en sí lo que me hace sonreír, si no la manera que tengo de pisarlos.

Y me inclino yo también en las tardes

Y me inclino yo también en las tardes. Aquí el aire no es glacial, como solía serlo en la ciudad de las murallas que aún late rebelde en mi recuerdo. Aquí el aire huele a mar olvidado, a historia recién sudada, y no puedo deslizar las yemas de los dedos sobre la piedra secular y mojada.

Me inclino yo también en las tardes sobre la barandilla de la terraza, dejando que me mezca ese abismo eterno que siempre separa mi cuerpo del suelo. Aquí los días son cortos, condensados en segundos inexactos que se escurren en el calendario con la arena entre los dedos. Las noches son cálidas, y el beso callado del rocío no acude como antes, a velar mis disertaciones. Aquí el fuego es eterno, y reside en lo que sueño. Y sueño con los bares donde antaño se incendiaba la noche, sembrando el corazón de recuerdos.

La caja de Pandora

Se abrió, sin quererlo, la caja de Pandora. Antes, en lo que ahora me parecen tiempos remotos, hacía falta un tormento, una desdicha, un sufrimiento, una hecatombe. En esa época pasada, y que semeja tan lejana ya, siempre hacía falta esa opresión en el pecho a modo de angustia, para vertirse, fluída, la tinta de un bolígrafo. En esos tiempos remotos de folios manchados de azul y lágrimas pudriéndose en los cajones.

Por la ventana entreabierta llegan, como en un suspiro, los vapores de la calle a mezclarse con la atmosfera del salón. Las mañanas son frías en Lugo. Pero lejos de hacerme sentir aterida, la sensación térmica me alivia los ojos, me despeja los pulmones y me hace sonreir mientras canturreo la ultima cancion que sonó en el radiocassette antes de salir, mientras espero el autobus. <<Será que apenas necesito respirar y me salgo con la mia. Dirán que apenas necesito respirar...>>

Se abrió la caja de Pandora de repente, y no podría explicar si lo hizo sigilosa o formando un gran estruendo. Sólo admiro,perpleja, al observarme, que las historias, que las palabras, salen por mi nariz al devolver el CO2 a la atmosfera, se cuelan entre los surcos que va dejando a su paso el bolígrafo y lo impregnan todo de esa sensación tan cálida que es la inspiración.

Escribo mucho ultimamente. No es que la imaginación se haya parado en mi puerta con ganas de charla y café. Son todas las notas, todas las secuencias almacenadas en el disco duro que alguien un dia dió en llamar cerebro. Todo estaba ahi, escondido, guardado. Y ahora todo está aqui, explotando ante mis ojos en un caleidoscopio de realidad infinita que me abofetea impasible. Sujeto palabras con las manos.

Y con mis palabras, sujeto el mundo.

Será... que apenas necesido respirar...

Sin saber cómo

Y sin saber cómo, me encontré inmersa en aquella ciudad oscura, bulliciosa, amenazante. Crucé sus angostos callejones y sus amplias avenidas, con paso apurado, como si huyese de algo. Huyendo de algo... en aquella ciudad a la que había decido escaparme.

Me crucé con decenas de transeúntes, y con ninguna mirada. Es inquietante el modo en el que me incomodan los hombres con gabardina.

Caminé en soledad por aquellas calles, oscuras, bulliciosas, amenazantes; que me instaban a prestar atención por doquier, reclamándole a mis ojos que se posasen en cada uno de sus neones brillantes.

Era cierto lo que mostraban las viejas películas: el corazón humeante de la urbe se escapaba a borbotones, escupido en forma de humo, por las alcantarillas.