lunes, 30 de abril de 2012

Trozos de poesía

Trozos de poesía. A versos me desgarro. A ratos me ensombrezco. 

Círculos viciosos

Me encierro en mis propios círculos. Los recorro. Giro, giro, giro. Me paro, y vomito. Respiro y me encierro de nuevo. 

Esfuerzo

Cavé durante un rato. Al poco me dolían las manos y me sudaba la frente. Me senté en la hierba. Ni mi propia tumba merecía el esfuerzo.

jueves, 26 de abril de 2012

Pérdida

Debió de caérseme al bajarme del coche. Es extraño perder efectos personales. La cartera, la documentación, el teléfono, las llaves. Es extraño no poder entrar o salir, o arrancar. No poder identificarse o encontrarse, de repente, perdido lejos de ninguna parte, sin poder llamar a gritos a casa. Venid a buscarme. Debió de caérseme al bajarme del coche. No llevaba dentro nada demasiado importante. Sólo la fe y la esperanza. Pero a decir la verdad, los últimos meses, ya apenas las usaba. 

miércoles, 25 de abril de 2012

Mushnik

Me acerqué todo lo que pude al espejo para examinarme los ojos. Si, es posible que estuviesen un poco más amarillentos. Saqué el calibre de su funda y medí la distancia que va del párpado inferior al centro de la nariz. Del primer cajón de la cómoda saqué la agenda y la abrí por la página marcada. Anoté el resultado. Casi un cuarto de pulgada menos que la noche anterior. Me dirigí al pasillo. Descolgué el teléfono. Había llegado la hora de llamar al señor Mushnik.

martes, 24 de abril de 2012

Metamorfosis

E hice entonces lo que mejor se me daba. Dejé de llamarme presente y me convertí en recuerdo.

sábado, 21 de abril de 2012

Víctimas de abril

Los dos nacimos en abril: tú en julio y yo en noviembre. Abril siempre nos jode, es lo que tiene. Mira a tu alrededor, todo abril es azul. Azul como nuestros coches. El mío era gris y el tuyo verde. Yo cerré los ojos y me encogí, tapándome la cabeza. Tú los abriste aún más y te agarraste al techo. Estamos vivos. 

Piensa que estamos vivos si no puedes dormir. Dormir en abril me llevó algún tiempo. 

lunes, 16 de abril de 2012

Los brazos destrozados

Cuando ya no puedo sino gritar, uso las tijeras. Con ellas desgarro mi piel y mi carne. Con ellas desbordo la rabia sobre la mesa. Con ellas ahogo la frustración y la impotencia. Cuando ya nada me queda, me destrozo los brazos con las tijeras. 

Paseándose

Esta noche volvió a aparecer. Escondida yo en la ventana, de repente, le vi, profético. Había cesado el chaparrón y se sentía el goteo constante de los restos de lluvia saltar de las cornisas a la acera. El frío lo inundaba todo, mientras se me escapaba en forma de humo el domingo y el cansancio. Y sin esperarle, allí estaba. Es sigiloso, camina ufano, resulta estremecedor. Parece gigante. Cruzó el parque y luego atravesó la carretera, caminando ligero, pegado al paso de peatones, sin intuirme, y se metió por el callejón en el que me besaron la primera vez, el que lleva al garaje en el que se suicidó su padre, con su cola sinuosa casi rozando el suelo, duplicando su tamaño.

Esta noche, como si se supiese en mis cuentos, volvió el zorro paseándose. 

miércoles, 11 de abril de 2012

Jane

-Lárgate de esta ciudad, chica. -le dije -Aquí ya no te queda nada. Todos los que querías hace tiempo que se marcharon, y los que quedan nunca te han gustado. No pierdas el tiempo. No te quedes a esperar como éstos. Éstos no tienen ya nada que hacer, pero tú podrías esconderte en otra parte. Lárgate ahora que puedes, chica. Hazme caso. 

Y me miró, con sus ojos gigantes de Jane Birkin, y abrió un poco la boca, como si no lo entendiese. Como cuando llegó, como si el tiempo no hubiese pasado. 

La espera

Sin poder evitar el sudor empapar las manos, el tamborilear de los pies. Miro nerviosamente hacia lo inevitable, sacando la cabeza tímidamente por fuera de la hilera. Se me encoge la boca del estómago, lo que me acuchilla por dentro se llama ansiedad, y se cristaliza de forma dolorosa por las paredes de mi esófago, en los entresijos de los pulmones, me pesa, me asfixia. Avanzo un paso más y un poco más tiemblo. Repaso de nuevo los pasos exactos que  tendré que dar, sin creerme aún que vaya a darlos, tres zancadas, un salto, las palmas en el potro, los pies en el suelo. Cada vez siento menos aire, me duele cada uno de los latidos que  estallan en mis oídos. Avanzo un paso más y un poco más tiemblo. Queda uno menos. Llega mi hora. 

El primer gato

El primer gato negro lo trajo una tarde la mujer del Diablo.

Morir al norte

Yo también vine a morir al norte, al invierno interminable de los desterrados. También sostuvieron en sus manos mis tripas calientes los que se hacían llamar aliados, y me devoraron las fieras, también a mi me sacaron los ojos. 

Yo también vine a morir más allá del muro infinito que nos separa del mundo. También me deshice de mi vida, de mi nombre y mi pasado. También perdí mi palabra, y juré mi venganza. También vagué solo.

Yo también vi tus monstruos y peleé con tus bestias. Sudé y sangré, siempre mano a mano. Yo también fui soldado y fui cadáver. Yo también yací olvidado. Yo también vine a morir al norte. Al invierno interminable de los desterrados. 

Greta

Apilé las fichas de dominó hasta construir un castillo. Fue una gesta inenarrable que duró horas. Y al terminar, contuve la respiración un segundo. Es excitante ver como todo se desmorona. Y para finalizar Greta, desgastando sus nudillos, recogiendo cascotes. 

Sintonías para el destierro

Soñé que era yo el encargado de pulsar la tecla, que vivía encerrado dentro de la escotilla, poniendo uno tras otro los mismos discos, en un bucle infinito de sintonías para el destierro. Soñé que me dejaba barba y que navegaba. Nos soñé bailando rock and roll en la plaza del pueblo. Caía la tarde a gritos y no quedaban soportales en los que guarecerse. Soñé que bebía vermouth y llevaba un pañuelo rojo atado al cuello. Me agité sobresaltado y me hallé en mi cama. No sabría decir si en el pastoso cielo de la boca encontré algo dulce o amargo. Pero no era vermouth. Y cerré los ojos y volví a mi sueño. 

Perro sin dueño

A mi no me quieres como a los gatos. Y ya no duermo en tu garaje ni me acurruco en tu cocina. Aunque sigo maullando y afilándome las uñas contra los cartones, cada vez más bajito. No me quieres como a los motores que rugen, porque yo ya no rujo, ni tampoco acelero. No me quieres como me querías, como me quisiste, como querrías quererme. No me quieres como a las películas, no te emociono ni te embeleso. Ni como al café, no soy ya ni reposo ni reencuentro. Cada vez soy más un cajón vacío. Cada vez soy más un perro sin dueño. 

martes, 10 de abril de 2012

Azul

Azul, tal y como apuntaban las predicciones, amaneció rojo.

La hermanastra malvada

Yo no era de esas que se lo gastaban todo en sonreír. Siempre había preferido las miradas altivas y los gestos de desprecio. Quizás porque era la fea y, jugando en el patio trasero, nunca me tocaba ser la princesa, siempre la hermanastra malvada.