martes, 10 de enero de 2012

Para escribir un cuento


Para escribir un cuento necesitaría un escenario mágico. El espacio exterior, por ejemplo. Un universo infinito de planetas peculiares. Para poder ir danzando, en una nave espacial, entre las estrellas.

O podría elegir un bosque. De árboles caducifolios, frondosos en primavera, desnudos en invierno. Llenos de corzos, y búhos, y ardillas, jabalís, y zorros. Lobos. Y riachuelos, humedad y vida. Y una casa encantada al fondo.

O viajar en el tiempo. A una época pretérita de castillos y caballeros. De piedra y caballos. De reyes y princesas.

Podría elegir una isla rodeada de mar, océanos eternos por todas partes, en la que sucediesen cosas extraordinarias. O una ciudad perdida, derrumbada, convertida en las ruinas de un pasado de gloria.

Al cuento llegaría por una ventana, o por un agujero, cruzando un puente, o aterrizando en la nada tras un huracán. Al cuento podría llegar de repente, tras meterme en un armario, cruzando una extraña puerta, o una puerta normal y corriente. Podría cruzar un espejo o saltar al vacío. Podría cerrar los ojos y vivirlo en un sueño. Podría salir volando. Colarme en una madriguera. Dentro de un reloj de cuco. Podría encontrarme el cuento en cualquier rincón, cercano y conocido, sorprendente e inesperado.

El cuento necesitaría un protagonista. Una niña. O un príncipe. O un lobo. Un gato, una luna, un leñador, un soldado. Podría escribir un cuento sobre una sirena, o sobre un caballero. O sobre su caballo. Un cuento sobre una piedra, sobre una tortuga gigante, o sobre los habitantes que pueblan un universo maravilloso.

Podría haber un protagonista único que se fuese encontrando con mil personajes que dibujan un universo. O haber mil protagonistas que tropiezan entre sí, dibujando el entramado de la vida a vista de pájaro.

Podrían conocerse. Quererse, odiarse, perseguirse, olvidarse. Podrían no conocerse nunca. Sólo rozarse. Cruzarse sin percatar los unos en los otros.

Podría escribir un cuento que fuesen muchos cuentos.

Y luego podría desdibujarlos. Contar con un personaje la historia que le sucede a otro, y ver qué cosas cambian. La niña viajaría en la nave espacial y tendría miedo. Y el soldado convertido en juguete me recordaría a los cuentos que me contaban de niña.

Los personajes, dispares, podrían terminar caminando unidos por senderos imposibles. En todos los cuentos hay leones, niñas y hojalata. En muchos cuentos también hay brujas. O vampiros, o licántropos, o fantasmas. No tienen porqué dar miedo. Como la gente de otros planetas. En los cuentos, como en la vida, las cosas son mágicas. 

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