Para escribir un cuento
necesitaría un escenario mágico. El espacio exterior, por ejemplo. Un universo
infinito de planetas peculiares. Para poder ir danzando, en una nave espacial,
entre las estrellas.
O podría elegir un bosque. De
árboles caducifolios, frondosos en primavera, desnudos en invierno. Llenos de
corzos, y búhos, y ardillas, jabalís, y zorros. Lobos. Y riachuelos, humedad y
vida. Y una casa encantada al fondo.
O viajar en el tiempo. A una
época pretérita de castillos y caballeros. De piedra y caballos. De reyes y
princesas.
Podría elegir una isla rodeada de
mar, océanos eternos por todas partes, en la que sucediesen cosas
extraordinarias. O una ciudad perdida, derrumbada, convertida en las ruinas de
un pasado de gloria.
Al cuento llegaría por una
ventana, o por un agujero, cruzando un puente, o aterrizando en la nada tras un
huracán. Al cuento podría llegar de repente, tras meterme en un armario,
cruzando una extraña puerta, o una puerta normal y corriente. Podría cruzar un
espejo o saltar al vacío. Podría cerrar los ojos y vivirlo en un sueño. Podría
salir volando. Colarme en una madriguera. Dentro de un reloj de cuco. Podría
encontrarme el cuento en cualquier rincón, cercano y conocido, sorprendente e
inesperado.
El cuento necesitaría un protagonista.
Una niña. O un príncipe. O un lobo. Un gato, una luna, un leñador, un soldado.
Podría escribir un cuento sobre una sirena, o sobre un caballero. O sobre su
caballo. Un cuento sobre una piedra, sobre una tortuga gigante, o sobre los
habitantes que pueblan un universo maravilloso.
Podría haber un protagonista
único que se fuese encontrando con mil personajes que dibujan un universo. O
haber mil protagonistas que tropiezan entre sí, dibujando el entramado de la
vida a vista de pájaro.
Podrían conocerse. Quererse,
odiarse, perseguirse, olvidarse. Podrían no conocerse nunca. Sólo rozarse.
Cruzarse sin percatar los unos en los otros.
Podría escribir un cuento que
fuesen muchos cuentos.
Y luego podría desdibujarlos.
Contar con un personaje la historia que le sucede a otro, y ver qué cosas
cambian. La niña viajaría en la nave espacial y tendría miedo. Y el soldado
convertido en juguete me recordaría a los cuentos que me contaban de niña.
Los personajes, dispares, podrían
terminar caminando unidos por senderos imposibles. En todos los cuentos hay
leones, niñas y hojalata. En muchos cuentos también hay brujas. O vampiros, o
licántropos, o fantasmas. No tienen porqué dar miedo. Como la gente de otros
planetas. En los cuentos, como en la vida, las cosas son mágicas.
miau
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