Al salir del teatro, una marabunta de hormigas de colores inundaba las aceras. Me rodearon y caminé entre ellas. Cuando se disgregaron entre las calles de la ciudad, subí la cuesta y la observé desde la distancia.
martes, 31 de enero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
Todas las horas del día
Y fue así como pasaron, dándoles yo la espalda, todas las horas del día por mi ventana.
Nació el sol tímido y el ventanal congelado abrió los ojos como platos. Me senté en la silla y hundí la cabeza en universos conceptuales, de formas orgánicas y cromatismos diversos. La luz se comió la estancia y las lágrimas de rocío corrían alegres por los cristales, con el sabor agridulce de las canciones inmensas que colapsaban la radio. Las formas se tornaron difusas y más tarde concretas, y los colores danzaron en mi caleidoscopio infinito. Y corrí las cortinas y difuminé la caída la tarde, con la habitación naranja, la ventana azul, la cabeza encerrada en mi caja de luces. Y cuando parpadeé sólo me alumbraba las manos el foco. Y los faroles a mi espalda eras gotitas rojizas reflejadas en el espejo. Y bajé la persiana a media asta. Y el degradado fue decreciendo hasta que todas las tintas del día se fundieron a negro.
Y así fue como pasaron, dándoles yo la espalda, todas las horas del día por mi ventana.
viernes, 27 de enero de 2012
Tiempos de ruina
Y se escurrían los días en nuestra postguerra en ruinas. Tocaban en las esquinas escuálidos acordeones los músicos callejeros.
jueves, 26 de enero de 2012
Y de repente
Y de repente fui consciente de nuestra propia grandeza. Y me di cuenta de que también nosotros tenemos el maletero lleno de cadáveres exquisitos, trozos de papel por todas partes, llenos de escritura gradativa y caótica, pleonasmos orgásmicos, quiasmos y retruécanos. Y también nosotros cambiamos el nombre a todas las palabras.
miércoles, 25 de enero de 2012
Mi chica francesa
Tengo una chica francesa anclada en mi puerto. Me despide y aguarda mi regreso, en su ensenada tierna, con mis enseres en consigna, con sus ojos ondeando al viento, alumbrando mi retorno, bendiciendo cada una de mis partidas, limpiando mi muelle de estrellas.
Tengo una chica francesa que baila haciendo piruetas sobre lo discos que giran. Vive en su cajita de música sobre la aguja del tocadiscos. Se mueve y danza traviesa, sorteando blancas, negras y corcheas.
Tengo una chica francesa encadenada a mi cama. Desde allí me susurra palabras inventadas, que me provocan e inquietan. Me mira con sus ojos de luna, infinitos de tan grandes. Con sus ojos de gata, que son suyos y no míos.
Tengo una chica francesa amarrada a mis pulmones. Desde ellos canta y chilla. Los muerde hasta que me duele respirar, y les insufla, cuando me falta, esquirlas de vida. No soy yo, sino ella, la que habla, la que declara y se pronuncia. Es ella la que oyes reír y llorar, e increparte, blasfemarte y romperte en trocitos. Yo soy la que esconde la cara. La que no quiere mirarte. La que abandona el puerto y parte a la deriva. La que se encierra en su desván y se tapa los oídos para no escuchar lo que el mundo llama música. La que duerme en los tejados. La que se pierde y olvida.
martes, 24 de enero de 2012
Ira
Le oigo reír en el piso de abajo y la ira me enloquece. Inspiro hondo, aguanto un segundo el oxígeno dentro, y exhalo con ira mi aportación contaminada a la atmósfera. Me miro en el espejo, me sonrío. Me digo sin decir nada todo lo que diría si ahora bajase las escaleras y me volviese loca.
Haría temblar el mundo. Se derrumbaría el edificio. Se borraría tu estúpida sonrisa. Sería un día digno de ser recordado.
Martes
Era Martes y, pese a no hacer calor, el cielo estaba despejado y te sonreía tímidamente, aunque fuese un beso gélido que se colase en tu boca con el vaho que expiras.
Pensé en si estaba siendo un invierno igual o diferente a los inviernos anteriores y no supe decirlo. Ahora tengo más miedo que antes a la oscuridad y a los reptiles. Pero me gustan más canciones, mucho más que muchas otras antes. Y hay días en los que el café es más aromático, más reconfortante y más domingo que nunca. Y otros días en los que la leche está agria, o sale muy flojo, o sabe a cenicero.
Era Martes y olía a salmón en la cocina, y el sol descongelaba las calzadas para darme tregua. Salí a la ventana a respirar un poco y traté de contagiarme de la vida en las aceras. Canté una canción y suspiré hondamente. Pronto sería de nuevo de noche.
Esgrima
Y haré justicia y blandiré mi espada. Podéis comenzar a temerme, miedos irracionales que os escondéis con los monstruos que habitan en universos tenebrosos e imposibles debajo de mi cama.
Campamento
Tenía que sacudirme el cansancio y el frío, y no sabía muy bien cómo. Salí a pasear. Hacía ya meses que la comitiva de carromatos errantes había decidido echar ancla en un paraje lejos de todas partes, a un lado del camino, entre arbustos mustios y cascotes de una antigua fábrica en ruinas.
El invierno estaba siendo mojado de tan húmedo. Los días se pegaban unos a otros, empapando los calendarios, tiñendo las paredes de humedades con formas siniestras, manchas amorfas que se extendían sin criterio, de colores negruzcos, verdosos, amarillentos. Convirtiendo el papel pintado en un recuerdo pegajoso de lo que se estaba resquebrajando la vida.
Salí en silencio, dejando detrás el campamento, que reposaba en su duermevela de domingo, y caminé un poco en la dirección a la que el camino quisiese llevarme. A los treinta o cuarenta pasos me paré y me di la vuelta. Observé a cierta distancia el asentamiento puntual de la corte ambulante, y miré mi vestido, cada día más viejo, cada día más sucio. Miré mi pelo cada día más largo y más grasiento, y pensé en el momento de arrancar, dar latigazos a los caballos para apurar la marcha, y cambiar de rumbo otra vez. Me imaginé el momento de la partida. Pensé en cómo me mareo en los viajes. Pensé en el periplo dentro del carromato que es tan grande que, al trote del caballo, las cosas se balancean y se desprenden de los estantes, y me caigo y me magullo. O dentro del carromato que me queda pequeño. En el que tengo que sacar los pies por fuera, y arrastrarlos por los caminos empedrados. Pienso en olvidarme del paisaje que veo ahora, y en que lo añoraré cuando el que venga me guste aún menos.
Siento mis manos grandes demasiado pequeñas. Y cuando, a cierta distancia, discierno entre el ruido a vacío las notas musicales que emergen de una trompeta, e imagino al payaso ensayando los trucos y gracias que no mostrará ante nadie, me inunda la pena. Y no puedo evitarlo. Me adentro en el bosque, y sin volver la vista me escapo de nuevo.
domingo, 15 de enero de 2012
Frío
Bajé a fumar al refugio. Crucé la frontera y el viento me pegó en la cara. Se me congelaron las manos y se me encogieron los huesos. El mundo era El Imperio Contraataca.
miércoles, 11 de enero de 2012
Diario
Escribo un diario desde hace catorce días. Como encanto añadido, compré una pluma específica para escribirlo. Me abruman los días en los que buceo entre las horas consumidas y no encuentro en ellas nada reseñable.
martes, 10 de enero de 2012
En la música
Los medios de transporte que he utilizado no me han llevado a atracar en tu puerto, y naufragué millones de veces contra los acantilados de mis espejos.
Las películas que he visto no contaban tu historia. Quizás historias parecidas, semejantes, similares.
Las fotos han retratado otros ojos más vivos o igual de huidizos. Con las mismas y diferentes cortinas al fondo.
Los sabores jamás te han descubierto. El café es siempre poco amargo comparado contigo. El chocolate más dulce. El resto muy agrio.
Pero en la música siempre has estado presente. En los hoteles ingleses, lidiando contra los mismos miedos de siempre, con camiones y maletas y ciclos solares. En las pletinas y las agujas. En los potenciómetros, a través de los altavoces.
Siempre has estado en la música.
Rugido
Brama, grita, chilla. Ruge, aúlla, vocifera. Atronador, sonoro, con fragor, formando barullo, armando alboroto, haciéndose oír sobre las voces de los demás, sobre todos los sonidos, sobre los ruidos y las bombas. Se desgañita, ladra, vocea. Protesta el estómago.
Para escribir un cuento
Para escribir un cuento
necesitaría un escenario mágico. El espacio exterior, por ejemplo. Un universo
infinito de planetas peculiares. Para poder ir danzando, en una nave espacial,
entre las estrellas.
O podría elegir un bosque. De
árboles caducifolios, frondosos en primavera, desnudos en invierno. Llenos de
corzos, y búhos, y ardillas, jabalís, y zorros. Lobos. Y riachuelos, humedad y
vida. Y una casa encantada al fondo.
O viajar en el tiempo. A una
época pretérita de castillos y caballeros. De piedra y caballos. De reyes y
princesas.
Podría elegir una isla rodeada de
mar, océanos eternos por todas partes, en la que sucediesen cosas
extraordinarias. O una ciudad perdida, derrumbada, convertida en las ruinas de
un pasado de gloria.
Al cuento llegaría por una
ventana, o por un agujero, cruzando un puente, o aterrizando en la nada tras un
huracán. Al cuento podría llegar de repente, tras meterme en un armario,
cruzando una extraña puerta, o una puerta normal y corriente. Podría cruzar un
espejo o saltar al vacío. Podría cerrar los ojos y vivirlo en un sueño. Podría
salir volando. Colarme en una madriguera. Dentro de un reloj de cuco. Podría
encontrarme el cuento en cualquier rincón, cercano y conocido, sorprendente e
inesperado.
El cuento necesitaría un protagonista.
Una niña. O un príncipe. O un lobo. Un gato, una luna, un leñador, un soldado.
Podría escribir un cuento sobre una sirena, o sobre un caballero. O sobre su
caballo. Un cuento sobre una piedra, sobre una tortuga gigante, o sobre los
habitantes que pueblan un universo maravilloso.
Podría haber un protagonista
único que se fuese encontrando con mil personajes que dibujan un universo. O
haber mil protagonistas que tropiezan entre sí, dibujando el entramado de la
vida a vista de pájaro.
Podrían conocerse. Quererse,
odiarse, perseguirse, olvidarse. Podrían no conocerse nunca. Sólo rozarse.
Cruzarse sin percatar los unos en los otros.
Podría escribir un cuento que
fuesen muchos cuentos.
Y luego podría desdibujarlos.
Contar con un personaje la historia que le sucede a otro, y ver qué cosas
cambian. La niña viajaría en la nave espacial y tendría miedo. Y el soldado
convertido en juguete me recordaría a los cuentos que me contaban de niña.
Los personajes, dispares, podrían
terminar caminando unidos por senderos imposibles. En todos los cuentos hay
leones, niñas y hojalata. En muchos cuentos también hay brujas. O vampiros, o
licántropos, o fantasmas. No tienen porqué dar miedo. Como la gente de otros
planetas. En los cuentos, como en la vida, las cosas son mágicas.
lunes, 9 de enero de 2012
Sepelio
Hoy el mundo amaneció congelado. Azul, triste, gélido, con la niebla invadiendo las aceras y los cristales empañados. Cargando malas noticias. Me apené al imaginarles llorando, y la jornada languideció oscureciéndose a medida que transcurrían las horas. Llegó la noche, funesta. Y al día siguiente, el sepelio.
miércoles, 4 de enero de 2012
Agenda
Tengo dos cosas que anotar en la agenda. Que paseé, después de tanto tiempo, por las calles de Canido, y que al acercarme al museo, en unos cochecitos de fiesta, sonaba de fondo la Tarara del vestido blanco.
lunes, 2 de enero de 2012
Diagramas
Subes por la espiral de la manía de las carcajadas sonoras y los ojos brillantes. Todo está arriba. Y dentro. El cielo, el universo, el infinito. La risa, la magia, el espectáculo.
O bajas las escaleras que llevan al sótano, donde te esperan miles de puertas, todas iguales, habitaciones grises, una tras otra, llenas de espejos.
Mientras subes o bajas, o evitas las dos cosas, te balanceas en el abismo. Echarle azúcar al tequila, y limón al café. Equilibrando y guardando en cajas imaginarias las cosas naturales que no me sobresaltan. Los minutos, las tareas, los quehaceres. Cada estúpida acción de cada estúpido día como lavarse los dientes o besar a una chica como despedida en la puerta del metro. Esperar sonriente a que se la trague la tierra. Salir corriendo detrás, sumergirse en la madriguera del conejo, perseguirla, mirar el reloj, llegar tarde.
Cada segundo normal es un segundo oscuro o brillante. Ojalá. Cada segundo normal es un segundo gris balanceándose en el abismo. Mirando con ojos de urraca las perlas que brillan, el miedo y el caos.
Y no me gusta enfermedad, aunque sí sinónimos con otras acepciones. Como afección, alteración, perturbación y padecimiento. Y te regalaré dos colores. Uno rojo y otro verde, porque lo simple y lo establecido generalmente forman asociaciones que funcionan, aunque te suene fútil. O te regalaré dos colores inesperados y diferentes para que te plantees si estropearlos o no convirtiendo uno en rojo y otro en verde. Y podrás tachar los días al calendario gigante que no cuelga en ningún sitio, y podrás colorearlos, en rojo o en verde, y cuando pasemos las hojas, cuando no queden hojas por pasarle, lo miraremos y yo lloraré, porque lloro por todo y más por esto, y haremos diagramas, no por obsesión, sino porque siempre he querido. Diagramas de Gantt, y gráficos estadísticos, histogramas, los dibujaré de barras y de quesitos, y diagramas de Carroll, que no servirán de nada, pero que tienen un nombre simbólico.
Y observaremos la estadística y estableceremos conclusiones. Y veremos qué pasa. Si los días son verdes o rojos, si los meses son fríos o cálidos, si has mirado más desde la azotea el horizonte, o las cajas amontonadas del sótano.
Y será abrumador y extraño mirar un año de frente, como lo es mirar cada uno de estos estúpidos, y maravillosos, días grises.
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