viernes, 28 de octubre de 2011
Tijeras
Cuando la vi reflejada en el espejo, a mi espalda, esgrimiendo las tijeras, sonriente... cerré los ojos y sentí el mundo tambalearse durante un momento.
jueves, 27 de octubre de 2011
Los días de hielo
Los días de hielo, los viajes a deshora, los cafés de mediodía, las caras bonitas.
miércoles, 26 de octubre de 2011
Lo peor
Hoy llovió mucho. Diluviaba. Caía agua en trombas continuas, golpeando la chapa del tejado, retumbando, zumbando el viendo, desatado. Pero no fue la lluvia lo peor de la tarde.
martes, 25 de octubre de 2011
Sin motivo
Llueve a cántaros. Parezco salida de la ducha, el pelo goteando, las botas empapadas, la chaqueta teñida de un color imposible. Se oyeron los truenos y se desató sobre mi la catástrofe, sin darme tregua para guarecerme. Y al llegar a mi destino, el trabajo de la noche pasada resultó infructuoso. Y ni siquiera eso consiguió borrar mi sonrisa. No sé qué me pasa, que soy feliz sin motivo.
domingo, 23 de octubre de 2011
La niña del camión
La niña del camión es roja, rosa, púrpura. Es una muñeca. Con su cuerpecito menudo y sus ojos como lunas. Lleva bragas de encaje y tiene la piel pintada con tinta, vello en las axilas y la expresión más dulce que puede tenerse.
La niña del camión lleva las piernas envueltas en rejilla y un sombrero gigante, que me recuerda a Linda Perry en los noventa. Vive en su fábula punk, y se pierde en las espirales de su habitación de espejos, en sus cortinas de lunares, en los azulejos que alicatan sus sueños rosas y negros.
La niña del camión es preciosa. Y abre la boca y se escapan por ella las bandadas de pájaros que tiene en la cabeza. La niña del camión es una muñeca que ríe, llora e ingenia quimeras. Que cruzó el océano, que atravesó, seguro, valles y selvas. Que escribió poesía, hizo el amor y comió setas. Que vive libre, y no sólo sueña.
viernes, 21 de octubre de 2011
Octava casilla
Y no llegaré jamás. Moriré desfallecida a medio camino. Los pulmones encharcados, las piernas agarrotadas, el sudor que se escapa a borbotones, en forma de lágrimas, seco de tanto derramarlo. No llegaré jamás a la octava casilla. Y el tablero es una escalera que no se termina. Y me pesa la mochila, y la pena, y el cansancio y el hastío. Y me pesan los besos que no tengo, y los que regalo, y me pesa todo y no me pesa nada.
Y subo y subo y subo, y no llego al descansillo.
Y aunque llegue, que no llego, que sé que muero ahora, justo ahora, a medio camino; aunque llegue con la lengua pastosa y el corazón en llamas, aunque lo consiguiese y lograse pensar: éste justo es el segundo antes.... Lo estropearía. Y no elegiría ser reina. Sería alfil, o caballo, o una estúpida torre lineal y predecible. Fuese lo que fuese, me equivocaría.
Pensar que lo estropearía me anima a seguir, sabiendo que no llegaré jamás a la octava casilla.
jueves, 20 de octubre de 2011
Carmín
Hoy quise ser un poco más esa persona que me gustaría y que
no soy, o que soy y no sé. Como hacías tú cuando te llamaba mentiroso. Y me pinté
los labios de rojo. En la Plaza de Armas, Armelia cantaba a gritos una canción
de Extremoduro.
martes, 18 de octubre de 2011
Abracadabra
Llevaba días intentando encontrar la palabra. La busqué en el diccionario, y no venía. Intenté cantarla en las canciones, leerla en los versos, escribirla en los muros.
Se hizo la escurridiza. Se escondía en callejones, y se camuflaba entre la vegetación, cada vez más seca en este otoño veraniego de termómetros que se disparan.
Intenté silbarla, soñarla, invocarla y definirla. No supe. No pude. Pero ella sola apareció un buen día. Redonda, gigante, decisiva.
Abracadabra.
Alquitrán negro
Pegajoso y duro al tacto. Alquitrán negro que se pega a tus venas. Las tupe, las compacta, las cierra, las tapona. Te hace llorar plata. Me hace gritar en silencio.
domingo, 9 de octubre de 2011
Cosas que no entiendo
Pasan todo el tiempo cosas que no entiendo. Chillas. A mi y a todo el mundo. Me llamas zorra, y sólo estoy intentando mediar entre tus gritos, los portazos y las crisis de ansiedad. Y te ríes. Como si fueses la reina de corazones y todos tuviesen que hacerte caso. Eres déspota, soberbia y cruel. Me clavaste las uñas y me sangró la mano. Te hubiese partido la cara de haber podido.
Luego subí, y lloré. Porque vi que no hace tanto la que eres tú ahora, ésa, era yo.
3000 pasos
Caminaba contando sus pasos, con las pupilas clavadas en el suelo, como tratando de atravesar la superficie adoquinada por la que regresábamos, fracasados.
Cuando llegó a tres mil, le interrumpí.
-Córtate la melena y punto. -Sentencié. -No me gusta ver que te comportas como un crío.
A la mañana siguiente, con la mirada perdida, recorrió el pasillo arrastrando los pies, sujetando firmemente los mechones mutilados en una mano.
En la otra, las pruebas de su desgracia. Su cuaderno de notas con todos los nombres, con todos los mechones secos embalsamados, y las fechas de las catástrofes anotadas a bolígrafo, al lado de los titulares impresos en rotativa. Me las tendió sin mediar palabra, para que pudiese ver la certeza con mis propios ojos.
El primero se había quedado sin voz, el segundo sin cuerpo, y el tercero sin nada. Me estremecí al ver los mechones de pelo y las extrañas coincidencias, el diario de una peluquería macabra. Y me senté a escribir banalidades muerto de miedo.
No había duda, yo era el cuarto.
Las mañanas en las que no se madruga
Explotan bombas en el pasillo. Al fondo la cocina se intuye como un oasis, con la música de la radio tratando de extenderse a través del estruendo de balas escupidas en ráfaga y de la larga alfombra de anillas de las granadas.
Entre el olor a cerrado, a pólvora y a desodorante, puedo intuir el del café, sutil pero intenso, que me susurra acobardado por mis voceríos, llamándome a la calma.
Me cruzo contigo y ni me miras, ni me hablas. Prefiero escurrirme debajo del suelo, deslizarme por las cañerías, sigilosa, con mis ojos miopes de soldado vietnamita.
Es mi guerra perdida. Mi mal humor matutino. El domingo estalla en llamas.
Odio las mañanas en las que no se madruga.
sábado, 8 de octubre de 2011
Mi casa
Mi casa aún no es mi casa. Subir me deja sin aliento, y bajar, sin aire. Salir es lo primero que hago cuando entro. Mi casa es un trozo de casa, pequeña, que sólo contiene lo que cabe dentro. Me encanta.
Mi casa, encima del mundo, es un universo.
Mi casa, encima del mundo, es un universo.
jueves, 6 de octubre de 2011
Alberto
Hoy le pedí a Alberto que leyese uno de sus poemas, y se puso nervioso. No quiso. No es ningún acto de cobardía. Yo leía por encima, al pedírselo, sus cientos de cadáveres escritos en folios, descuartizados, huérfanos y hermosos; y tampoco me atreví a leer ninguno.
Alberto es gracioso cuando está nervioso. Es tierno, como un abuelo, o como un niño. Basta un segundo para que desaparezca el brillo de lucidez y sarcasmo de sus ojos, y aparezca de pronto, gigante, el pequeño ratón asustado que intenta guardar para sus adentros. Y hace un gesto muy raro con la boca, una especie de risa contenida, que no es risa, sino miedo, y se enciende un cigarrillo. Yo no fumo, dice.
Alberto se vomita a si mismo constantemente. En sus poemas, en sus recortes, quizá esta noche. Y pasa las manos, no temblorosas pero tampoco firmes, por las hojas de los álbumes que recogen su vida, y se queda callado, y no me atrevo a mirarle, porque es como verle desnudo.
Y reina el silencio incómodo un sólo segundo, y en seguida se pasa. Y aunque está ahí sentado, sin saber muy bien qué decir, vuelve a ser lúcido y brillante de nuevo.
El día menos pensado, cuando esté fumándome la sobremesa entre libros, o vinilos, o entradas de cine, le pediré otra vez que lea un poema. Se pondrá nervioso de nuevo.
Lo más difícil es la primera frase. Dicen.
lunes, 3 de octubre de 2011
Líneas paralelas
Debería extender los brazos y cerrar los ojos, y con un pie delante del otro, caminar hacia el infinito sobre esta paralela de funambulista, porque es allí donde se supone que debemos cruzarnos.
Pero las matemáticas me parecen mentirosas e inexactas y no entiendo las incógnitas, ni las parábolas, ni los números imaginarios. Y el profe de dibujo es rubio y tiene moto, y aún así sigo sin saber cómo colocar la escuadra y el cartabón para que todo quede perfecto, simétrico, proporcionado, armónico.
Soy una línea quebrada, doy tumbos, cambiando de rumbo sin sentido ni mapa cada vez que estornudo, dibujando polígonos imposibles sobre el asfalto. No me extiendo en ambos lados hacia el infinito. El infinito es inhóspito y oscuro, y huele a fregasuelos. El infinito es para los creyentes, no para los locos.
Yo soy una línea quebrada que gira y se retuerce. Mirarás a tu lado, intentando encontrarme, en Octubre, en Noviembre, en Julio, y quizás yo no camine a tu ritmo, estaré durmiendo en el sofá, o más allá de los Urales, o quizás en la Luna. Estaré nueva, o usada o rota.
Iré dibujando saltos, escondiéndome como el Guadiana, enterrando a veces la cabeza bajo la manta, como las avestruces de mis cuentos. Con mi largo cuello sembrado de cicatrices de dardos tranquilizantes.
Inconstante, irracional e incompleta. No pretendas encontrarme en tratados geométricos, búscame mejor en el zoco, en el callejón, en las tabernas. Y deja de decirme que no me quieres. Yo a ti tampoco. Un poeta dijo una vez que para eso no habrá paz, ni países, ni sexo que lo cambie.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)