domingo, 30 de septiembre de 2012
Si en función de poemas contase el tiempo
Si el tiempo lo contase en función de las veces que lloro, habría pasado hoy un siglo, y no un año. Si el tiempo lo contase en función de todo el sufrimiento que en ti he ocasionado, hoy sería tan vieja que no podrías reconocerme en mi cara. Si el tiempo lo contase en función de todas las noches que he pasado en vela, sintiéndome sola, vacía y culpable, no quedaría más tiempo que contar, ya me lo habría consumido todo.
Si contase el tiempo en poemas, la vida habría sido tan larga como en realidad ha sido.
La vida habría sido como cada sol que nace. La vida habría sido rosa, como Desiderata. Estaría llena de cariño y dulzura, de chicas desnudas y carencia de miedo o vergüenza. La vida habrían sido rimas a veces forzadas, como las sonrisas de los últimos meses; la vida habría sido una lucha constante, como la poesía revolucionaria post-adolescente, amarilla roja y verde; la vida habría sido agria, como los versos inconexos escritos en mayúsculas, como la niña de la boca cosida, como el vientre agrio y muerto, como los chillidos y los lamentos, y los dibujos en los márgenes, convertidos en borrones. La vida habría sido la muerte de la musa, habría sido extraña y confusa como la noche en la Ciudad de los Caballeros. La vida habrían sido pequeños fragmentos de los que sentirme orgullosa. Habría sido el error imperdonable de los reencuentros del veinticinco de julio. La vida habría sido la redención y el perdón de cada nuevo cuaderno. La vida habría sido un puñado de maullidos rimados en gallego.
La vida habría sido tal y como fue si en función de poemas contase el tiempo.
Veintiocho de Junio. Todas las noches son noches de Martes.
Hoy lloré tres veces. Dos y media, para ser más exacta.
La primera de todas fue conduciendo camino a casa. Paré en el ceda que hay antes de mi calle, y vi a un señor esperando en la acera. Me recordó a una tarde, hace seis años, en la que vi al abuelo Ignacio mientras bajaba andando por la Plaza del Carmen. No era él. El frío me congeló al darme cuenta de que el abuelo está muerto.
La segunda vez fue con la tarde escurriéndose en el reloj, cuando apuro el segundo exacto de encenderse las farolas para el último cigarro vespertino. Se acercó despistada la gata blanca. Intenta maullar, como el gatito de Alba, pero no puede, sólo emite algo que, con dolor, parece ser un sonido. "Vuelves ahí, gata", le dije. Y se acercó a mi lado, se sentó en el suelo, y comenzó a lamerse. "Cuántas aventuras vivirás, gata... y qué sola". Y al pensar eso, lloré de nuevo.
La última vez que lloré hoy, la que hace la media, fue hace un segundo inexacto. Pero eso es demasiado triste para una noche de martes.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
viernes, 14 de septiembre de 2012
miércoles, 12 de septiembre de 2012
La habitación de la poesía invertida
Una explosión de luz le tiñó la cara de naranja. Agazapada tras el diminuto umbral se asombró al encontrarse su habitación de niña. Acercó la cara cuanto pudo, sin atreverse a meter dentro la cabeza. La misma habitación en la que duerme ahora. Pero la de cuando era pequeña. La misma cama, los mismos muebles, los mismos libros, que no son los mismos, a primera vista algunos menos gatos.
Se le encogió la boca del estómago hasta marearla, al imaginarse lo inquietante de Alicia cruzando el espejo. Ahogó el vómito en una inspiración profunda, y metió primero el brazo izquierdo.
No creyó que con su tamaño fuese capaz de acceder al cuarto por aquella puerta. Tampoco quería. Tembló al imaginarse que la esperaban las garras de su propio galimatazo de poesía invertida. Su aliento fétido y sus afilados colmillos, escondido acechando, esperándola oculto encima del armario, dispuesto a abalanzarse sobre ella y enfrentarla a sus temores, haciéndole leer sus poemas frente al espejo.
La luz naranja dibujaba extrañas formas proyectando sus movimientos contra las paredes. Pero no le quedaba más remedio. Tampoco quería tener que deshacer el camino recorrido, y elegir de nuevo otra puerta en la habitación de los rombos rojos.
La luz naranja dibujaba extrañas formas proyectando sus movimientos contra las paredes. Pero no le quedaba más remedio. Tampoco quería tener que deshacer el camino recorrido, y elegir de nuevo otra puerta en la habitación de los rombos rojos.
Tatuados versos recortados
Recorté los versos con las tijeras. Los mezclé al azar y los extendí sobre la mesa. Con los restos de todas las desdichas, de todas las esperanzas y de todas las secuelas escribí el poema que llevo tatuado.
Cuando buscaba tus manos, vencido por el miedo / Cuando los excesos nos tuvieron presos, viajando entre lunas / Terremoto emocional sin una gota de decencia / Sin una gota de cordura, suicida incandescente.
Martis dies. Martis nox
Y el sueño se me comió los ojos. Soplé el interruptor y me acurruqué entre los libros, enroscando el rabo. Con el parpadeo cada vez más ralentizado se acababa el martes. Los martes son siempre interesantes. Y en lo que duró un suspiro dormí del tirón hasta la mañana siguiente.
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