Fueron cayendo primero las de las líneas superiores, como si fuesen las hojas de un árbol caducifolio. Al principio me esmeré en recogerlas con cariño, apilé todos los libros de poemas que me has ido escribiendo con los años, y me subí a ellos para colocar en su sitio las capitulares, que, por su peso, fueron las primeras en besar el suelo.
Pero poco a poco comenzaron a acumularse. A despegarse por una esquina, y por la opuesta, se despegaban ya los versos que ocupan las últimas líneas, los que encabezan los poemas, y los del medio. Se caían las vocales, las consonantes, y los signos de puntuación eran de repente los únicos que vestían las líneas desnudas.
Intenté guardarlas en los bolsillos, que no se me arrugasen, intenté que no se pegasen entre ellas, intenté que no se rompiesen...
Sudaba, y no tardó en llegar el momento en el que sentir las lágrimas ascendiendo veloces hacia la cuenca de mis ojos... Temblé al pensar que estallaría otra vez.
El resto me miraba desde una esquina, recostados, algunos ya durmiendo. ¿Para qué te molestas? Me dijeron. Los poemas se caen, se despegan, se olvidan, se mueren. ¿Qué ganas luchando por lo inevitable?




